Puesta de sol a contraluz; siempre que el día hubiera sido claro, como una hermosa gota de miel que se escabulle por la cuerda del horizonte, desigual por el perfil de los tejados, se me volvía a repetir la misma pregunta que jamás alcancé a comprender.
El cielo había sido una tela azulada con un broche soleado, luminoso. Mientras el sol se desmayaba, mis ojos eran dos enormes interrogantes que se abrían para hacer una pregunta, pero nunca pregunté.
Con el pecho oprimido solo quería seguir allí, que se parara el tiempo, quizá para encontrar un punto en el que ahora parecía concentrarse la belleza del mundo, lejanísima, quizá perdida.
El campanil y la cruz de hierro quedaban unos treinta metros por delante. Las campanas mudas parecían el eco doblado de otras horas, la de las bodas y comuniones.
-Estaba viendo anochecer, pero sé que en otro lugar empieza el día-, alcanzaba a pensar. Y sobre el regazo dejé que un libro de Italo Calvino se quedara dormido por la página ochenta y tres. Un párrafo ponía punto y final a la pregunta muda:
Ahora que el joven idiota había terminado su lenta merienda, padre e hijo, sentados a cada lado de la cama, estaban con las pesadas manos venosas y huesudas apoyadas en las rodillas, con las cabezas inclinadas de través –bajo el sombrero calado el padre, y pelado al cero como un recluta el hijo- para poder seguir mirándose con el rabillo del ojo.
Esos dos, pensó Amerigio, tal como son, se necesitan recíprocamente.
Y pensó: sí, este modo de ser es el amor.
Y siguió pensando: lo humano llega donde llega el amor; no tiene otros límites que los que nosotros les ponemos.
Juan José Romero Martínez
domingo, 15 de noviembre de 2009
Arquitecto de sueños
Cide Hamete Benengeli, arquitecto de sueños
En la mítica isla de Latria, extinta hoy en día de los mapas de cartografía, existió en tiempos posteriores a la Alquimia Cide Hamete Benengeli, capaz de cimentar los más bellos sueños, deseos y anhelos de los hombres, y levantarlos sobre la superficie cenagosa de mentes capaces e incapaces, torneando con sus manos de gigante la forma de las palabras, las imágenes, los colores. Todo por un módico precio.
Cuentan los historiadores no oficiales que prendió la mecha del rumor y de la curiosidad en la isla, y pronto todos los latrianos no hicieron más que dormir.
Para pagar el tratamiento previamente tuvieron que empeñar sus carretas, sus casas, la sombra de sus higueras en verano, incluso los paseos vespertinos junto a las playas orientadas al poniente.
Y a cambio recibieron un edificio, un paisaje, el espacio onírico que siempre habían deseado. Y quedáronse acurrucados aquí y allá, embebidos en bellos sueños.
Quizá fuera entonces cuando Cide Hamete Benengeli se construyó el Quijote.
Pero la isla iba a la deriva.
Nuestro arquitecto de sueños, una vez se dio cuenta de tamaño desastre, fue despertando a los cientos de cuerpos inmóviles como estatuas. Golpeó con palabras y vaivenes los cimientos de la fantasía. Y los durmientes iban volviendo a cada una de sus realidades como los rezagados de un maratón cuando llegan a la meta.
Cide Hamete no volvió a construir jamás, horrorizado ante el efecto de su invento. Decidió deshacerse de sus planos y los camufló en una tienda de verduras. Cervantes los encontró, según creo, pero estoy seguro de que fue Cide Hamete, y no Cervantes, el que llevó a cabo el experimento de la arquitectura de los sueños, y se nos quedó en la memoria colectiva como un instinto.
Juan José Romero Martínez
En la mítica isla de Latria, extinta hoy en día de los mapas de cartografía, existió en tiempos posteriores a la Alquimia Cide Hamete Benengeli, capaz de cimentar los más bellos sueños, deseos y anhelos de los hombres, y levantarlos sobre la superficie cenagosa de mentes capaces e incapaces, torneando con sus manos de gigante la forma de las palabras, las imágenes, los colores. Todo por un módico precio.
Cuentan los historiadores no oficiales que prendió la mecha del rumor y de la curiosidad en la isla, y pronto todos los latrianos no hicieron más que dormir.
Para pagar el tratamiento previamente tuvieron que empeñar sus carretas, sus casas, la sombra de sus higueras en verano, incluso los paseos vespertinos junto a las playas orientadas al poniente.
Y a cambio recibieron un edificio, un paisaje, el espacio onírico que siempre habían deseado. Y quedáronse acurrucados aquí y allá, embebidos en bellos sueños.
Quizá fuera entonces cuando Cide Hamete Benengeli se construyó el Quijote.
Pero la isla iba a la deriva.
Nuestro arquitecto de sueños, una vez se dio cuenta de tamaño desastre, fue despertando a los cientos de cuerpos inmóviles como estatuas. Golpeó con palabras y vaivenes los cimientos de la fantasía. Y los durmientes iban volviendo a cada una de sus realidades como los rezagados de un maratón cuando llegan a la meta.
Cide Hamete no volvió a construir jamás, horrorizado ante el efecto de su invento. Decidió deshacerse de sus planos y los camufló en una tienda de verduras. Cervantes los encontró, según creo, pero estoy seguro de que fue Cide Hamete, y no Cervantes, el que llevó a cabo el experimento de la arquitectura de los sueños, y se nos quedó en la memoria colectiva como un instinto.
Juan José Romero Martínez
viernes, 13 de noviembre de 2009
La brisa más ligera del mundo
Habían probado el placer del agua en sus formas más variadas; revuelta como la del mar Cantábrico, densa como la del mar Muerto, transparente como la del Caribe. Pero sin duda lo que buscaban era otra cosa.
Algún indicio les habían proporcionado las copas de los árboles, que de vez en cuando se agitaban ante un ser invisible y ligero, o ante los pájaros, que parecían surcar los cielos llevados del ala por una mano misteriosa, desaparecida.
- Viento -, habían oído llamarlo en el pueblo.
- ¿Y dónde está ese viento? -, preguntaron.
Y los del pueblo se encogían de hombros pero siempre mirando hacia las montañas, por si allá se encontrara la respuesta.
Llegar hasta la base de la cordillera no resultó difícil para ellos dos, acostumbrados como estaban a caminar entre orillas y olas.
Lo difícil fue subirla.
Así que ataron su destino a una cuerda de treinta metros y comenzaron la escalada como las salamandras cuando buscan el sol en las blancas paredes de las casas de pueblo; sus dedos eran a veces ventosas, a veces bisturís que se clavaban en el rostro dormido de la montaña, buscando despertarla.
Y cuanto más subían más ligeros se sentían.
Descansaron en el ceño fruncido de la montaña dormida. Y soñaron que si seguían ascendiendo terminarían como los globos aerostáticos, hinchados de gas. Pero continuaron, sintiéndose cada vez más etéreos, casi transparentes, sus movimientos cada vez más lentos; - la falta de costumbre, seguro -, se decían para animarse.
Al llegar a la cima, los dos jóvenes escaladores supieron que el esfuerzo había merecido la pena. Abrazados sobre el resquicio apenas rocoso, apenas inestable, sobre el poso de una aguja más alta que las nubes, vieron radiantes que no existía frontera alguna entre ellos y el sol. La brisa pesaba tanto como un eco, y tan cerca estaban el uno del otro, dueños de una islita rodeada de azul, que pudieron confundirse los latidos de ambos corazones. Sin duda padecían una suerte de bien de altura, porque la felicidad que emanaban se les iba de los dedos y se les quedaba flotando allá hacia donde miraran.
Juan José Romero Martínez
Algún indicio les habían proporcionado las copas de los árboles, que de vez en cuando se agitaban ante un ser invisible y ligero, o ante los pájaros, que parecían surcar los cielos llevados del ala por una mano misteriosa, desaparecida.
- Viento -, habían oído llamarlo en el pueblo.
- ¿Y dónde está ese viento? -, preguntaron.
Y los del pueblo se encogían de hombros pero siempre mirando hacia las montañas, por si allá se encontrara la respuesta.
Llegar hasta la base de la cordillera no resultó difícil para ellos dos, acostumbrados como estaban a caminar entre orillas y olas.
Lo difícil fue subirla.
Así que ataron su destino a una cuerda de treinta metros y comenzaron la escalada como las salamandras cuando buscan el sol en las blancas paredes de las casas de pueblo; sus dedos eran a veces ventosas, a veces bisturís que se clavaban en el rostro dormido de la montaña, buscando despertarla.
Y cuanto más subían más ligeros se sentían.
Descansaron en el ceño fruncido de la montaña dormida. Y soñaron que si seguían ascendiendo terminarían como los globos aerostáticos, hinchados de gas. Pero continuaron, sintiéndose cada vez más etéreos, casi transparentes, sus movimientos cada vez más lentos; - la falta de costumbre, seguro -, se decían para animarse.
Al llegar a la cima, los dos jóvenes escaladores supieron que el esfuerzo había merecido la pena. Abrazados sobre el resquicio apenas rocoso, apenas inestable, sobre el poso de una aguja más alta que las nubes, vieron radiantes que no existía frontera alguna entre ellos y el sol. La brisa pesaba tanto como un eco, y tan cerca estaban el uno del otro, dueños de una islita rodeada de azul, que pudieron confundirse los latidos de ambos corazones. Sin duda padecían una suerte de bien de altura, porque la felicidad que emanaban se les iba de los dedos y se les quedaba flotando allá hacia donde miraran.
Juan José Romero Martínez
domingo, 8 de noviembre de 2009
Buzones
A veces me entretengo unos minutos en contemplar los buzones de los portales donde viven mis amigos, como si mi genética me empujara a ser cartero. Y parece mentira, pero se pueden saber muchas cosas a partir de los cartelitos que rezan los nombres y apellidos de los inquilinos.
Por ejemplo, los hay que usan word art, y esos seguro que andan conectados a internet o son informáticos, marido y mujer con letra en negrita y un sobrecito en tres dimensiones.
También habitan los nostálgicos, que sobre un pedazo de papel cuadriculado escriben señora y señor de Fernández con un trazo continuo, se diría de caligrafía, apuesto a que son profesores de primaria. Y si son de primaria por fuerza han de tener niños, fruto de un amor primerizo, único.
Los independientes apenas se acuerdan de decorar sus buzones, y tan sólo dejan ver el piso y la letra, como si huyeran de sus apellidos, como si se encontraran tan solos que pensaran que nadie les va a escribir. En realidad no tengo muy claro si se trata de almas independientes o dependientes de la soledad.
Como contrapeso, los vecinos del tercero derecha actúan como una gran familia numerosa, y llenan de nombres y conjugan de apellidos el exiguo espacio que les concede la ranura donde tienen puestas sus esperanzas.
El buzón de la publicidad se encuentra ladeado y con la puerta rota; está repleto de cartas perdidas y de anuncios chillones de ofertas caducadas.
El buzón del portero es ciego. Está taponado porque él mismo se encarga de recoger las cartas previo acuerdo con el cartero, que debido a la falta de tiempo y al volumen de su trabajo pasa de largo por la mayoría de los edificios, galopando en su vespa amarillenta como un cow-boy de sacas repletas.
Y finalmente llegamos al buzón de mi amigo, un buzón nuevo, recién comprado, un buzón que refleja la aventura de una vida en común que comienza y avanza con la esperanza de llenar de felicidad los portales y los descansillos, de llenar de bolsas de compra y de buenos días el hueco que ocupa el ascensor.
Juan José Romero Martínez
Por ejemplo, los hay que usan word art, y esos seguro que andan conectados a internet o son informáticos, marido y mujer con letra en negrita y un sobrecito en tres dimensiones.
También habitan los nostálgicos, que sobre un pedazo de papel cuadriculado escriben señora y señor de Fernández con un trazo continuo, se diría de caligrafía, apuesto a que son profesores de primaria. Y si son de primaria por fuerza han de tener niños, fruto de un amor primerizo, único.
Los independientes apenas se acuerdan de decorar sus buzones, y tan sólo dejan ver el piso y la letra, como si huyeran de sus apellidos, como si se encontraran tan solos que pensaran que nadie les va a escribir. En realidad no tengo muy claro si se trata de almas independientes o dependientes de la soledad.
Como contrapeso, los vecinos del tercero derecha actúan como una gran familia numerosa, y llenan de nombres y conjugan de apellidos el exiguo espacio que les concede la ranura donde tienen puestas sus esperanzas.
El buzón de la publicidad se encuentra ladeado y con la puerta rota; está repleto de cartas perdidas y de anuncios chillones de ofertas caducadas.
El buzón del portero es ciego. Está taponado porque él mismo se encarga de recoger las cartas previo acuerdo con el cartero, que debido a la falta de tiempo y al volumen de su trabajo pasa de largo por la mayoría de los edificios, galopando en su vespa amarillenta como un cow-boy de sacas repletas.
Y finalmente llegamos al buzón de mi amigo, un buzón nuevo, recién comprado, un buzón que refleja la aventura de una vida en común que comienza y avanza con la esperanza de llenar de felicidad los portales y los descansillos, de llenar de bolsas de compra y de buenos días el hueco que ocupa el ascensor.
Juan José Romero Martínez
lunes, 2 de noviembre de 2009
Sueño de luna
Un día la luna pasó de creciente a crecida.
Al llegar al remanso de paz que provocaba su plenitud,
se negó a menguar;
y repleta de los deseos lanzados a la cuerda de los mares
por los enamorados,
continuó creciendo,
deformando las mareas y los ciclos ultradianos.
Con unos codos invisibles desplazó al sol,
se salió de su órbita y voló hacia los acantilados.
Atravesó la atmósfera como un meteorito,
creciendo y creciendo hasta ocupar la totalidad de las azoteas
con sus blancas sábanas tendidas.
Parecía un glaciar galopando a la deriva,
un iceberg girando en remolino,
o una gran almohada
con los recuerdos del rostro que durmió apoyado.
Juan José Romero Martínez.
Al llegar al remanso de paz que provocaba su plenitud,
se negó a menguar;
y repleta de los deseos lanzados a la cuerda de los mares
por los enamorados,
continuó creciendo,
deformando las mareas y los ciclos ultradianos.
Con unos codos invisibles desplazó al sol,
se salió de su órbita y voló hacia los acantilados.
Atravesó la atmósfera como un meteorito,
creciendo y creciendo hasta ocupar la totalidad de las azoteas
con sus blancas sábanas tendidas.
Parecía un glaciar galopando a la deriva,
un iceberg girando en remolino,
o una gran almohada
con los recuerdos del rostro que durmió apoyado.
Juan José Romero Martínez.
Jardín de infancia.
He estado frecuentando un parque infantil repleto de columpios y colores. Un parque que no tendría nada de particular si no fuera porque está situado en un colegio para niños autistas. Los niños no jugaban entre sí, preferían permanecer abandonados a su suerte.
Uno se subía a lo alto de un tobogán, pero no terminaba de deslizarse por la rampa descendente. Se quedaba en lo alto, oscilante, como un marinero solitario encaramado a la cestilla del palo mayor, oteando el horizonte.
Otro botaba un balón bajo una canasta sin mirarla siquiera, botando por botar, con la mirada agachada, siguiendo la trayectoria de la pelota sin comprender, sin disfrutar, mecánicamente abstraído.
Otro regaba las mismas plantas una y otra vez, sin que pareciera tener en cuenta las cantidades de agua o de tiempo vertidos sobre las mismas flores.
Un cuarto se balanceaba en un columpio, pero parecía que no estuviera allí, como si soñara que era otro niño el que se balanceaba.
Sin embargo, había uno que de vez en cuando me miraba mientras yo escribía, y aunque no hacía nada era el único con el que llegué a sentir que me podría comunicar. Estaba situado en el interior de una portería de fútbol sala, dentro del recuadro que forman dos postes y un largero pintados de rojo y blanco, rodeado de redes.
Al choque de nuestras miradas buscamos nuestras manos a través de las redes, yo desde un lado y él desde el otro. Acompañado de una sonrisa eterna tocó mis dedos, las palmas de mis manos; y nos sentimos mutuamente reconfortados al calor del roce. Ahora mi sonrisa y su sonrisa se ensamblaban en un sentimiento más allá de lo que pudiera comunicar cualquier lenguaje sobre la tierra.
…Luego, cada uno regresamos a nuestro mundo.
Juan José Romero Martínez.
Uno se subía a lo alto de un tobogán, pero no terminaba de deslizarse por la rampa descendente. Se quedaba en lo alto, oscilante, como un marinero solitario encaramado a la cestilla del palo mayor, oteando el horizonte.
Otro botaba un balón bajo una canasta sin mirarla siquiera, botando por botar, con la mirada agachada, siguiendo la trayectoria de la pelota sin comprender, sin disfrutar, mecánicamente abstraído.
Otro regaba las mismas plantas una y otra vez, sin que pareciera tener en cuenta las cantidades de agua o de tiempo vertidos sobre las mismas flores.
Un cuarto se balanceaba en un columpio, pero parecía que no estuviera allí, como si soñara que era otro niño el que se balanceaba.
Sin embargo, había uno que de vez en cuando me miraba mientras yo escribía, y aunque no hacía nada era el único con el que llegué a sentir que me podría comunicar. Estaba situado en el interior de una portería de fútbol sala, dentro del recuadro que forman dos postes y un largero pintados de rojo y blanco, rodeado de redes.
Al choque de nuestras miradas buscamos nuestras manos a través de las redes, yo desde un lado y él desde el otro. Acompañado de una sonrisa eterna tocó mis dedos, las palmas de mis manos; y nos sentimos mutuamente reconfortados al calor del roce. Ahora mi sonrisa y su sonrisa se ensamblaban en un sentimiento más allá de lo que pudiera comunicar cualquier lenguaje sobre la tierra.
…Luego, cada uno regresamos a nuestro mundo.
Juan José Romero Martínez.
domingo, 1 de noviembre de 2009
Nieve
Esta semana hago referencia a mi falta de inspiración como consecuencia de la cantidad de nieve caída y del aislamiento que sufre el pueblo de mi espíritu.
Se trata de un pueblo situado en un valle adonde no llegan los quitanieves, y las laderas de la montaña se encuentran cubiertas por un manto calcáreo que absorbe abetos y pinos, absorbe las huellas de los lobos, osos, algún caribú, absorbe mis palabras y mi inspiración; absorbe el eco de mis llamadas, pues llamo a mi musa una y otra vez, y todo lo recoge la falda del monte y lo guarda por si insisto demasiado y entonces me derriba al suelo con un alud.
En este desierto de hielo en el que me encuentro, solamente los granos del frío y del horizonte infinito me dan la mano y me prometen que mañana seguro será mi día. Mañana derretirán la nieve los brazos inmóviles y limpios del sol, y rodarán alineados como ríos todos los obstáculos que impiden a mi inspiración salir a buscar un poema, una chispa, un valor.
Mañana el folio nevado dejará de ser el pueblo enterrado de mi espíritu y se descompondrá en un haz de colores como hace la luz blanca cuando atraviesa el prisma. Se trata de mi arco-iris.
Juan José Romero Martínez.
Se trata de un pueblo situado en un valle adonde no llegan los quitanieves, y las laderas de la montaña se encuentran cubiertas por un manto calcáreo que absorbe abetos y pinos, absorbe las huellas de los lobos, osos, algún caribú, absorbe mis palabras y mi inspiración; absorbe el eco de mis llamadas, pues llamo a mi musa una y otra vez, y todo lo recoge la falda del monte y lo guarda por si insisto demasiado y entonces me derriba al suelo con un alud.
En este desierto de hielo en el que me encuentro, solamente los granos del frío y del horizonte infinito me dan la mano y me prometen que mañana seguro será mi día. Mañana derretirán la nieve los brazos inmóviles y limpios del sol, y rodarán alineados como ríos todos los obstáculos que impiden a mi inspiración salir a buscar un poema, una chispa, un valor.
Mañana el folio nevado dejará de ser el pueblo enterrado de mi espíritu y se descompondrá en un haz de colores como hace la luz blanca cuando atraviesa el prisma. Se trata de mi arco-iris.
Juan José Romero Martínez.
sábado, 31 de octubre de 2009
¿Bailan?
La primera vez que bailé recuerdo que el suelo estaba frío; se trataba de un ajedrezado de losas blancas y negras.
En realidad éramos dos los que bailábamos, aunque los piececitos desnudos de mi amiga pisasen los míos descalzos. Al principio nos movíamos en círculos, siguiendo por algún arte mágico la estela de una melodía de Franz Schubert. Éramos una pieza de ajedrez cabalgando en “ele”, “alfileando” en diagonal, “peonando” uno o dos recuadros, “torreando” en línea recta, a gran velocidad, y reinando en todas direcciones.
El sol entraba por unos grandes ventanales abiertos de par en par, y la melodía se mezclaba con la aurora y con el frenético piar de los gorriones.
La segunda vez que sucumbí a los encantos del baile fue sobre la superficie arenosa de una playa de ensueño. El océano era una salsa infinita, y luego un remolino de jazz frenético. Dancé sones tribales y músicas del Caribe en una fiesta casual sin horas ni días.
A partir de ahí, el baile se ha convertido en un modo de comunicación mil veces más preciso que el de las palabras. Mi dolor se escurre por la pernera del pantalón cuando lo agito al son de un buen rock and roll. Mis recuerdos se embellecen cuando sigo con los ojos cerrados el camino que me muestran Benny Carter o Thelonious Monk.
Bailen solos o en compañía, música triste o alegre, incomprensible o repetitiva; bailen al ritmo del cepillo de dientes o del goteo del grifo mal cerrado. Bailen de cualquier forma, descubriendo nuevos bailes, nuevos movimientos; con los hombros también se puede, los brazos como en el flamenco, la cadera entonando un mea culpa, el cuerpo diciéndole al mundo que sus bailes son una muestra de agradecimiento por estar vivos.
…………Ya verán como obtienen respuesta.
Juan José Romero.
En realidad éramos dos los que bailábamos, aunque los piececitos desnudos de mi amiga pisasen los míos descalzos. Al principio nos movíamos en círculos, siguiendo por algún arte mágico la estela de una melodía de Franz Schubert. Éramos una pieza de ajedrez cabalgando en “ele”, “alfileando” en diagonal, “peonando” uno o dos recuadros, “torreando” en línea recta, a gran velocidad, y reinando en todas direcciones.
El sol entraba por unos grandes ventanales abiertos de par en par, y la melodía se mezclaba con la aurora y con el frenético piar de los gorriones.
La segunda vez que sucumbí a los encantos del baile fue sobre la superficie arenosa de una playa de ensueño. El océano era una salsa infinita, y luego un remolino de jazz frenético. Dancé sones tribales y músicas del Caribe en una fiesta casual sin horas ni días.
A partir de ahí, el baile se ha convertido en un modo de comunicación mil veces más preciso que el de las palabras. Mi dolor se escurre por la pernera del pantalón cuando lo agito al son de un buen rock and roll. Mis recuerdos se embellecen cuando sigo con los ojos cerrados el camino que me muestran Benny Carter o Thelonious Monk.
Bailen solos o en compañía, música triste o alegre, incomprensible o repetitiva; bailen al ritmo del cepillo de dientes o del goteo del grifo mal cerrado. Bailen de cualquier forma, descubriendo nuevos bailes, nuevos movimientos; con los hombros también se puede, los brazos como en el flamenco, la cadera entonando un mea culpa, el cuerpo diciéndole al mundo que sus bailes son una muestra de agradecimiento por estar vivos.
…………Ya verán como obtienen respuesta.
Juan José Romero.
El valor de los sueños o historia de dos que se sueñan
Gime el transistor en la otra habitación. Todos se han ido a dormir, pero yo aún espero unos minutos, exactamente hasta las doce en punto.
Sucederá entonces que las campanadas del reloj del Ayuntamiento transformarán la habitación desde la que escribo, y terminará por descolgarse del techo la marea de los sueños. Boca abajo exhalaré las bocanadas de fantasía que se instalarán a vivir en mí, pese al ruido del camión de la basura o al tronar de una puerta de madera que siempre se cierra violentamente a eso de la una de la madrugada.
Boca abajo y con la cabeza ladeada hacia la izquierda, - como la de un náufrago -, me despertaré al mundo onírico para vagar por una playa infinita y descubrirte unos pasos más allá.
Haré lo que en todos los sueños: te enjuagaré la frente aún dormida con el rumor de mis besos; entonces despertarás como cada noche, y compartiremos el mismo sueño; nos soñaremos.
Nos soñaremos una y mil veces todas las posibilidades e imposibilidades: borraré con una goma gigantesca cualquier contorno de derrota; y así será sencillo nuestro diálogo mientras paseamos por un campo preñado de amapolas, o mientras volamos juntos al borde de la luna, dejando colgar nuestros pies al vacío y balanceando el cuarto menguante.
Son ya las doce menos un minuto. En otro lugar del mundo una mujer muy hermosa se pone un camisón azul. Mientras va relajándose comprueba su reloj digital. Cuando llegue la hora en punto dejará caer los párpados y soñará que se despierta en una playa infinita junto a mí.
Juan José Romero Martínez
Sucederá entonces que las campanadas del reloj del Ayuntamiento transformarán la habitación desde la que escribo, y terminará por descolgarse del techo la marea de los sueños. Boca abajo exhalaré las bocanadas de fantasía que se instalarán a vivir en mí, pese al ruido del camión de la basura o al tronar de una puerta de madera que siempre se cierra violentamente a eso de la una de la madrugada.
Boca abajo y con la cabeza ladeada hacia la izquierda, - como la de un náufrago -, me despertaré al mundo onírico para vagar por una playa infinita y descubrirte unos pasos más allá.
Haré lo que en todos los sueños: te enjuagaré la frente aún dormida con el rumor de mis besos; entonces despertarás como cada noche, y compartiremos el mismo sueño; nos soñaremos.
Nos soñaremos una y mil veces todas las posibilidades e imposibilidades: borraré con una goma gigantesca cualquier contorno de derrota; y así será sencillo nuestro diálogo mientras paseamos por un campo preñado de amapolas, o mientras volamos juntos al borde de la luna, dejando colgar nuestros pies al vacío y balanceando el cuarto menguante.
Son ya las doce menos un minuto. En otro lugar del mundo una mujer muy hermosa se pone un camisón azul. Mientras va relajándose comprueba su reloj digital. Cuando llegue la hora en punto dejará caer los párpados y soñará que se despierta en una playa infinita junto a mí.
Juan José Romero Martínez
Paseo por el Henares
He estado durante un tiempo parado, sin hacer nada, sin vocación. Más tarde fui ocupando mis jornadas con actividades ni muy complicadas ni muy sencillas. Y un día me di cuenta de que mi vida estaba programada en una rutina que poco a poco dejó de ser interesante. Es por eso que un jueves por la tarde decidí romper con todo, quizá por hastío, quizá para desenvolverme desde otra perspectiva. Así que cogí el tren y me abandoné a la tarde fría de invierno.
Como si hubiera tomado una decisión acertada, las nubes se fueron tras el horizonte y un sol apenas limpio, apenas frío, apareció para quedarse iluminándolo todo.
Había llovido en los días precedentes; la vereda del Henares estaba verde, y el río venía crecido; - el río de Heráclito -, pensé; - todo fluye, nada permanece -.
Y paseando llegué a un remanso, un recodo ancho con forma de meandro donde había varias mantis religiosas rezando en el silencio de los juncos. Un remanso de paz donde se echaba a descansar el agua mareada de la corriente.
Este estado contagioso del cauce me empujó suavemente a sentarme sobre una plataforma de hormigón. Las márgenes del río se juntaban en un horizonte perdido donde imaginé saltos de agua y cascadas de ensueño. Ratas o patos rozaban los arbustos que cegaban a la vista esas mismas márgenes.
De pronto, un pez plateado saltó del agua. Duró apenas un segundo, con sus escamas resbalando por el aire. Y se sumergió. Entonces estuve seguro de que ese era mi lugar, y cerrando los ojos me dejé ir, como si perteneciera a todo aquello, como si mi vida formara parte de aquella maravilla, como si en la naturaleza no existiera más rutina que la de vivir o morir.
Juan José Romero Martínez
Como si hubiera tomado una decisión acertada, las nubes se fueron tras el horizonte y un sol apenas limpio, apenas frío, apareció para quedarse iluminándolo todo.
Había llovido en los días precedentes; la vereda del Henares estaba verde, y el río venía crecido; - el río de Heráclito -, pensé; - todo fluye, nada permanece -.
Y paseando llegué a un remanso, un recodo ancho con forma de meandro donde había varias mantis religiosas rezando en el silencio de los juncos. Un remanso de paz donde se echaba a descansar el agua mareada de la corriente.
Este estado contagioso del cauce me empujó suavemente a sentarme sobre una plataforma de hormigón. Las márgenes del río se juntaban en un horizonte perdido donde imaginé saltos de agua y cascadas de ensueño. Ratas o patos rozaban los arbustos que cegaban a la vista esas mismas márgenes.
De pronto, un pez plateado saltó del agua. Duró apenas un segundo, con sus escamas resbalando por el aire. Y se sumergió. Entonces estuve seguro de que ese era mi lugar, y cerrando los ojos me dejé ir, como si perteneciera a todo aquello, como si mi vida formara parte de aquella maravilla, como si en la naturaleza no existiera más rutina que la de vivir o morir.
Juan José Romero Martínez
Año 2022:
El maestro de una escuela explica a sus alumnos:
“La autopista costera se construyó en el año dos mil dos de nuestra era pese a que ningún ingeniero trazó su ruta. En realidad fue consecuencia del trabajo de miles de voluntarios que se afanaron por limpiar a conciencia el vertido de fuel que escapó de los tanques del carguero Prestige durante su naufragio.
Las playas de Galicia quedaron anegadas; los pescadores, los niños y los poetas lloraron amargamente la pérdida irreparable del paisaje; asistieron mudos al entierro de los peces, las gaviotas y los cormoranes.
El gobierno de aquel entonces en un primer momento minimizó la catástrofe, y luego tuvo que dar marcha atrás para acabar reconociendo la magnitud de la hecatombe.
Sin embargo, cientos de ciudadanos anónimos y solidarios juntamos nuestros esfuerzos en una causa común: limpiarlo todo, barrer la mancha continua y llena de tentáculos, como si un Calígula imaginario nos mandara recoger fuel en vez de conchas de mar…
Preparados como astronautas llenamos las costas de una cadena humana que al rebañar las rocas de los acantilados horadaban zonas hasta entonces intransitables. Pese a la lluvia, las corrientes del océano y el frío del otoño logramos reducir el grueso de la capa negruzca sin impedir que el resultado final se asemejara al de una enorme autopista construida sobre los cuerpos de decenas de especies enterradas en alquitrán. Recuerdo esa navidad en gris y negro. El agua de mar, que de noche parece tinta mantenía el mismo color durante el día. Las tristes redes de Neruda se convirtieron en fantasmagóricas, coloreadas por brazos y algas embadurnados de betún. El mar estaba envenenado.
Las nubes que absorbían la humedad de la superficie viscosa se tiñeron de una oscuridad absoluta. Aquí y allá había puntos de asfalto colgados del cielo como agujeros de tiempo.
Todo aquel revuelo que se formó en torno al hundimiento del Prestige tuvo una consecuencia importante en las conciencias de los miles de voluntarios que arrimamos el hombro en aquellas playas descosidas: el convencimiento de que por fin hacíamos algo por amor”.
Juan José Romero Martínez
“La autopista costera se construyó en el año dos mil dos de nuestra era pese a que ningún ingeniero trazó su ruta. En realidad fue consecuencia del trabajo de miles de voluntarios que se afanaron por limpiar a conciencia el vertido de fuel que escapó de los tanques del carguero Prestige durante su naufragio.
Las playas de Galicia quedaron anegadas; los pescadores, los niños y los poetas lloraron amargamente la pérdida irreparable del paisaje; asistieron mudos al entierro de los peces, las gaviotas y los cormoranes.
El gobierno de aquel entonces en un primer momento minimizó la catástrofe, y luego tuvo que dar marcha atrás para acabar reconociendo la magnitud de la hecatombe.
Sin embargo, cientos de ciudadanos anónimos y solidarios juntamos nuestros esfuerzos en una causa común: limpiarlo todo, barrer la mancha continua y llena de tentáculos, como si un Calígula imaginario nos mandara recoger fuel en vez de conchas de mar…
Preparados como astronautas llenamos las costas de una cadena humana que al rebañar las rocas de los acantilados horadaban zonas hasta entonces intransitables. Pese a la lluvia, las corrientes del océano y el frío del otoño logramos reducir el grueso de la capa negruzca sin impedir que el resultado final se asemejara al de una enorme autopista construida sobre los cuerpos de decenas de especies enterradas en alquitrán. Recuerdo esa navidad en gris y negro. El agua de mar, que de noche parece tinta mantenía el mismo color durante el día. Las tristes redes de Neruda se convirtieron en fantasmagóricas, coloreadas por brazos y algas embadurnados de betún. El mar estaba envenenado.
Las nubes que absorbían la humedad de la superficie viscosa se tiñeron de una oscuridad absoluta. Aquí y allá había puntos de asfalto colgados del cielo como agujeros de tiempo.
Todo aquel revuelo que se formó en torno al hundimiento del Prestige tuvo una consecuencia importante en las conciencias de los miles de voluntarios que arrimamos el hombro en aquellas playas descosidas: el convencimiento de que por fin hacíamos algo por amor”.
Juan José Romero Martínez
El mismo amor, la misma lluvia.
Me gusta la lluvia porque limpia la atmósfera. En esta ocasión llueve en Buenos Aires y hay un atasco tremendo. Ricardo Darín aprovecha el parón para vaciar el cenicero repleto de colillas. Al bajar la ventanilla del automóvil repara en una joven que viaja en el asiento trasero de un taxi amarillo y que sonríe al cielo con los ojos cerrados. A ella le gusta que la lluvia baile en su cara y a él le gusta observarla. Intercambian una mirada entre tímida y franca que se va aflojando a medida que el tráfico comienza de nuevo a fluir como desde un gran bostezo, a circular lentamente, luces como los anillos de un gusano; y el taxi se pierde, y comienza la película.
Quizá a Ricardo Darín lo que le sedujo fue la visión de un rostro bello sonriéndole a la adversidad, un rostro que le planta cara al aguacero, humanizando el caos de un atasco que provoca en toda la ciudad y en el ánimo de sus habitantes un trombo envenenado.
Juan José Romero Martínez
Quizá a Ricardo Darín lo que le sedujo fue la visión de un rostro bello sonriéndole a la adversidad, un rostro que le planta cara al aguacero, humanizando el caos de un atasco que provoca en toda la ciudad y en el ánimo de sus habitantes un trombo envenenado.
Juan José Romero Martínez
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