Un día la luna pasó de creciente a crecida.
Al llegar al remanso de paz que provocaba su plenitud,
se negó a menguar;
y repleta de los deseos lanzados a la cuerda de los mares
por los enamorados,
continuó creciendo,
deformando las mareas y los ciclos ultradianos.
Con unos codos invisibles desplazó al sol,
se salió de su órbita y voló hacia los acantilados.
Atravesó la atmósfera como un meteorito,
creciendo y creciendo hasta ocupar la totalidad de las azoteas
con sus blancas sábanas tendidas.
Parecía un glaciar galopando a la deriva,
un iceberg girando en remolino,
o una gran almohada
con los recuerdos del rostro que durmió apoyado.
Juan José Romero Martínez.
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