A veces me entretengo unos minutos en contemplar los buzones de los portales donde viven mis amigos, como si mi genética me empujara a ser cartero. Y parece mentira, pero se pueden saber muchas cosas a partir de los cartelitos que rezan los nombres y apellidos de los inquilinos.
Por ejemplo, los hay que usan word art, y esos seguro que andan conectados a internet o son informáticos, marido y mujer con letra en negrita y un sobrecito en tres dimensiones.
También habitan los nostálgicos, que sobre un pedazo de papel cuadriculado escriben señora y señor de Fernández con un trazo continuo, se diría de caligrafía, apuesto a que son profesores de primaria. Y si son de primaria por fuerza han de tener niños, fruto de un amor primerizo, único.
Los independientes apenas se acuerdan de decorar sus buzones, y tan sólo dejan ver el piso y la letra, como si huyeran de sus apellidos, como si se encontraran tan solos que pensaran que nadie les va a escribir. En realidad no tengo muy claro si se trata de almas independientes o dependientes de la soledad.
Como contrapeso, los vecinos del tercero derecha actúan como una gran familia numerosa, y llenan de nombres y conjugan de apellidos el exiguo espacio que les concede la ranura donde tienen puestas sus esperanzas.
El buzón de la publicidad se encuentra ladeado y con la puerta rota; está repleto de cartas perdidas y de anuncios chillones de ofertas caducadas.
El buzón del portero es ciego. Está taponado porque él mismo se encarga de recoger las cartas previo acuerdo con el cartero, que debido a la falta de tiempo y al volumen de su trabajo pasa de largo por la mayoría de los edificios, galopando en su vespa amarillenta como un cow-boy de sacas repletas.
Y finalmente llegamos al buzón de mi amigo, un buzón nuevo, recién comprado, un buzón que refleja la aventura de una vida en común que comienza y avanza con la esperanza de llenar de felicidad los portales y los descansillos, de llenar de bolsas de compra y de buenos días el hueco que ocupa el ascensor.
Juan José Romero Martínez
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