domingo, 15 de noviembre de 2009

Arquitecto de sueños

Cide Hamete Benengeli, arquitecto de sueños

En la mítica isla de Latria, extinta hoy en día de los mapas de cartografía, existió en tiempos posteriores a la Alquimia Cide Hamete Benengeli, capaz de cimentar los más bellos sueños, deseos y anhelos de los hombres, y levantarlos sobre la superficie cenagosa de mentes capaces e incapaces, torneando con sus manos de gigante la forma de las palabras, las imágenes, los colores. Todo por un módico precio.

Cuentan los historiadores no oficiales que prendió la mecha del rumor y de la curiosidad en la isla, y pronto todos los latrianos no hicieron más que dormir.
Para pagar el tratamiento previamente tuvieron que empeñar sus carretas, sus casas, la sombra de sus higueras en verano, incluso los paseos vespertinos junto a las playas orientadas al poniente.
Y a cambio recibieron un edificio, un paisaje, el espacio onírico que siempre habían deseado. Y quedáronse acurrucados aquí y allá, embebidos en bellos sueños.

Quizá fuera entonces cuando Cide Hamete Benengeli se construyó el Quijote.

Pero la isla iba a la deriva.
Nuestro arquitecto de sueños, una vez se dio cuenta de tamaño desastre, fue despertando a los cientos de cuerpos inmóviles como estatuas. Golpeó con palabras y vaivenes los cimientos de la fantasía. Y los durmientes iban volviendo a cada una de sus realidades como los rezagados de un maratón cuando llegan a la meta.

Cide Hamete no volvió a construir jamás, horrorizado ante el efecto de su invento. Decidió deshacerse de sus planos y los camufló en una tienda de verduras. Cervantes los encontró, según creo, pero estoy seguro de que fue Cide Hamete, y no Cervantes, el que llevó a cabo el experimento de la arquitectura de los sueños, y se nos quedó en la memoria colectiva como un instinto.



Juan José Romero Martínez

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