La primera vez que bailé recuerdo que el suelo estaba frío; se trataba de un ajedrezado de losas blancas y negras.
En realidad éramos dos los que bailábamos, aunque los piececitos desnudos de mi amiga pisasen los míos descalzos. Al principio nos movíamos en círculos, siguiendo por algún arte mágico la estela de una melodía de Franz Schubert. Éramos una pieza de ajedrez cabalgando en “ele”, “alfileando” en diagonal, “peonando” uno o dos recuadros, “torreando” en línea recta, a gran velocidad, y reinando en todas direcciones.
El sol entraba por unos grandes ventanales abiertos de par en par, y la melodía se mezclaba con la aurora y con el frenético piar de los gorriones.
La segunda vez que sucumbí a los encantos del baile fue sobre la superficie arenosa de una playa de ensueño. El océano era una salsa infinita, y luego un remolino de jazz frenético. Dancé sones tribales y músicas del Caribe en una fiesta casual sin horas ni días.
A partir de ahí, el baile se ha convertido en un modo de comunicación mil veces más preciso que el de las palabras. Mi dolor se escurre por la pernera del pantalón cuando lo agito al son de un buen rock and roll. Mis recuerdos se embellecen cuando sigo con los ojos cerrados el camino que me muestran Benny Carter o Thelonious Monk.
Bailen solos o en compañía, música triste o alegre, incomprensible o repetitiva; bailen al ritmo del cepillo de dientes o del goteo del grifo mal cerrado. Bailen de cualquier forma, descubriendo nuevos bailes, nuevos movimientos; con los hombros también se puede, los brazos como en el flamenco, la cadera entonando un mea culpa, el cuerpo diciéndole al mundo que sus bailes son una muestra de agradecimiento por estar vivos.
…………Ya verán como obtienen respuesta.
Juan José Romero.
sábado, 31 de octubre de 2009
El valor de los sueños o historia de dos que se sueñan
Gime el transistor en la otra habitación. Todos se han ido a dormir, pero yo aún espero unos minutos, exactamente hasta las doce en punto.
Sucederá entonces que las campanadas del reloj del Ayuntamiento transformarán la habitación desde la que escribo, y terminará por descolgarse del techo la marea de los sueños. Boca abajo exhalaré las bocanadas de fantasía que se instalarán a vivir en mí, pese al ruido del camión de la basura o al tronar de una puerta de madera que siempre se cierra violentamente a eso de la una de la madrugada.
Boca abajo y con la cabeza ladeada hacia la izquierda, - como la de un náufrago -, me despertaré al mundo onírico para vagar por una playa infinita y descubrirte unos pasos más allá.
Haré lo que en todos los sueños: te enjuagaré la frente aún dormida con el rumor de mis besos; entonces despertarás como cada noche, y compartiremos el mismo sueño; nos soñaremos.
Nos soñaremos una y mil veces todas las posibilidades e imposibilidades: borraré con una goma gigantesca cualquier contorno de derrota; y así será sencillo nuestro diálogo mientras paseamos por un campo preñado de amapolas, o mientras volamos juntos al borde de la luna, dejando colgar nuestros pies al vacío y balanceando el cuarto menguante.
Son ya las doce menos un minuto. En otro lugar del mundo una mujer muy hermosa se pone un camisón azul. Mientras va relajándose comprueba su reloj digital. Cuando llegue la hora en punto dejará caer los párpados y soñará que se despierta en una playa infinita junto a mí.
Juan José Romero Martínez
Sucederá entonces que las campanadas del reloj del Ayuntamiento transformarán la habitación desde la que escribo, y terminará por descolgarse del techo la marea de los sueños. Boca abajo exhalaré las bocanadas de fantasía que se instalarán a vivir en mí, pese al ruido del camión de la basura o al tronar de una puerta de madera que siempre se cierra violentamente a eso de la una de la madrugada.
Boca abajo y con la cabeza ladeada hacia la izquierda, - como la de un náufrago -, me despertaré al mundo onírico para vagar por una playa infinita y descubrirte unos pasos más allá.
Haré lo que en todos los sueños: te enjuagaré la frente aún dormida con el rumor de mis besos; entonces despertarás como cada noche, y compartiremos el mismo sueño; nos soñaremos.
Nos soñaremos una y mil veces todas las posibilidades e imposibilidades: borraré con una goma gigantesca cualquier contorno de derrota; y así será sencillo nuestro diálogo mientras paseamos por un campo preñado de amapolas, o mientras volamos juntos al borde de la luna, dejando colgar nuestros pies al vacío y balanceando el cuarto menguante.
Son ya las doce menos un minuto. En otro lugar del mundo una mujer muy hermosa se pone un camisón azul. Mientras va relajándose comprueba su reloj digital. Cuando llegue la hora en punto dejará caer los párpados y soñará que se despierta en una playa infinita junto a mí.
Juan José Romero Martínez
Paseo por el Henares
He estado durante un tiempo parado, sin hacer nada, sin vocación. Más tarde fui ocupando mis jornadas con actividades ni muy complicadas ni muy sencillas. Y un día me di cuenta de que mi vida estaba programada en una rutina que poco a poco dejó de ser interesante. Es por eso que un jueves por la tarde decidí romper con todo, quizá por hastío, quizá para desenvolverme desde otra perspectiva. Así que cogí el tren y me abandoné a la tarde fría de invierno.
Como si hubiera tomado una decisión acertada, las nubes se fueron tras el horizonte y un sol apenas limpio, apenas frío, apareció para quedarse iluminándolo todo.
Había llovido en los días precedentes; la vereda del Henares estaba verde, y el río venía crecido; - el río de Heráclito -, pensé; - todo fluye, nada permanece -.
Y paseando llegué a un remanso, un recodo ancho con forma de meandro donde había varias mantis religiosas rezando en el silencio de los juncos. Un remanso de paz donde se echaba a descansar el agua mareada de la corriente.
Este estado contagioso del cauce me empujó suavemente a sentarme sobre una plataforma de hormigón. Las márgenes del río se juntaban en un horizonte perdido donde imaginé saltos de agua y cascadas de ensueño. Ratas o patos rozaban los arbustos que cegaban a la vista esas mismas márgenes.
De pronto, un pez plateado saltó del agua. Duró apenas un segundo, con sus escamas resbalando por el aire. Y se sumergió. Entonces estuve seguro de que ese era mi lugar, y cerrando los ojos me dejé ir, como si perteneciera a todo aquello, como si mi vida formara parte de aquella maravilla, como si en la naturaleza no existiera más rutina que la de vivir o morir.
Juan José Romero Martínez
Como si hubiera tomado una decisión acertada, las nubes se fueron tras el horizonte y un sol apenas limpio, apenas frío, apareció para quedarse iluminándolo todo.
Había llovido en los días precedentes; la vereda del Henares estaba verde, y el río venía crecido; - el río de Heráclito -, pensé; - todo fluye, nada permanece -.
Y paseando llegué a un remanso, un recodo ancho con forma de meandro donde había varias mantis religiosas rezando en el silencio de los juncos. Un remanso de paz donde se echaba a descansar el agua mareada de la corriente.
Este estado contagioso del cauce me empujó suavemente a sentarme sobre una plataforma de hormigón. Las márgenes del río se juntaban en un horizonte perdido donde imaginé saltos de agua y cascadas de ensueño. Ratas o patos rozaban los arbustos que cegaban a la vista esas mismas márgenes.
De pronto, un pez plateado saltó del agua. Duró apenas un segundo, con sus escamas resbalando por el aire. Y se sumergió. Entonces estuve seguro de que ese era mi lugar, y cerrando los ojos me dejé ir, como si perteneciera a todo aquello, como si mi vida formara parte de aquella maravilla, como si en la naturaleza no existiera más rutina que la de vivir o morir.
Juan José Romero Martínez
Año 2022:
El maestro de una escuela explica a sus alumnos:
“La autopista costera se construyó en el año dos mil dos de nuestra era pese a que ningún ingeniero trazó su ruta. En realidad fue consecuencia del trabajo de miles de voluntarios que se afanaron por limpiar a conciencia el vertido de fuel que escapó de los tanques del carguero Prestige durante su naufragio.
Las playas de Galicia quedaron anegadas; los pescadores, los niños y los poetas lloraron amargamente la pérdida irreparable del paisaje; asistieron mudos al entierro de los peces, las gaviotas y los cormoranes.
El gobierno de aquel entonces en un primer momento minimizó la catástrofe, y luego tuvo que dar marcha atrás para acabar reconociendo la magnitud de la hecatombe.
Sin embargo, cientos de ciudadanos anónimos y solidarios juntamos nuestros esfuerzos en una causa común: limpiarlo todo, barrer la mancha continua y llena de tentáculos, como si un Calígula imaginario nos mandara recoger fuel en vez de conchas de mar…
Preparados como astronautas llenamos las costas de una cadena humana que al rebañar las rocas de los acantilados horadaban zonas hasta entonces intransitables. Pese a la lluvia, las corrientes del océano y el frío del otoño logramos reducir el grueso de la capa negruzca sin impedir que el resultado final se asemejara al de una enorme autopista construida sobre los cuerpos de decenas de especies enterradas en alquitrán. Recuerdo esa navidad en gris y negro. El agua de mar, que de noche parece tinta mantenía el mismo color durante el día. Las tristes redes de Neruda se convirtieron en fantasmagóricas, coloreadas por brazos y algas embadurnados de betún. El mar estaba envenenado.
Las nubes que absorbían la humedad de la superficie viscosa se tiñeron de una oscuridad absoluta. Aquí y allá había puntos de asfalto colgados del cielo como agujeros de tiempo.
Todo aquel revuelo que se formó en torno al hundimiento del Prestige tuvo una consecuencia importante en las conciencias de los miles de voluntarios que arrimamos el hombro en aquellas playas descosidas: el convencimiento de que por fin hacíamos algo por amor”.
Juan José Romero Martínez
“La autopista costera se construyó en el año dos mil dos de nuestra era pese a que ningún ingeniero trazó su ruta. En realidad fue consecuencia del trabajo de miles de voluntarios que se afanaron por limpiar a conciencia el vertido de fuel que escapó de los tanques del carguero Prestige durante su naufragio.
Las playas de Galicia quedaron anegadas; los pescadores, los niños y los poetas lloraron amargamente la pérdida irreparable del paisaje; asistieron mudos al entierro de los peces, las gaviotas y los cormoranes.
El gobierno de aquel entonces en un primer momento minimizó la catástrofe, y luego tuvo que dar marcha atrás para acabar reconociendo la magnitud de la hecatombe.
Sin embargo, cientos de ciudadanos anónimos y solidarios juntamos nuestros esfuerzos en una causa común: limpiarlo todo, barrer la mancha continua y llena de tentáculos, como si un Calígula imaginario nos mandara recoger fuel en vez de conchas de mar…
Preparados como astronautas llenamos las costas de una cadena humana que al rebañar las rocas de los acantilados horadaban zonas hasta entonces intransitables. Pese a la lluvia, las corrientes del océano y el frío del otoño logramos reducir el grueso de la capa negruzca sin impedir que el resultado final se asemejara al de una enorme autopista construida sobre los cuerpos de decenas de especies enterradas en alquitrán. Recuerdo esa navidad en gris y negro. El agua de mar, que de noche parece tinta mantenía el mismo color durante el día. Las tristes redes de Neruda se convirtieron en fantasmagóricas, coloreadas por brazos y algas embadurnados de betún. El mar estaba envenenado.
Las nubes que absorbían la humedad de la superficie viscosa se tiñeron de una oscuridad absoluta. Aquí y allá había puntos de asfalto colgados del cielo como agujeros de tiempo.
Todo aquel revuelo que se formó en torno al hundimiento del Prestige tuvo una consecuencia importante en las conciencias de los miles de voluntarios que arrimamos el hombro en aquellas playas descosidas: el convencimiento de que por fin hacíamos algo por amor”.
Juan José Romero Martínez
El mismo amor, la misma lluvia.
Me gusta la lluvia porque limpia la atmósfera. En esta ocasión llueve en Buenos Aires y hay un atasco tremendo. Ricardo Darín aprovecha el parón para vaciar el cenicero repleto de colillas. Al bajar la ventanilla del automóvil repara en una joven que viaja en el asiento trasero de un taxi amarillo y que sonríe al cielo con los ojos cerrados. A ella le gusta que la lluvia baile en su cara y a él le gusta observarla. Intercambian una mirada entre tímida y franca que se va aflojando a medida que el tráfico comienza de nuevo a fluir como desde un gran bostezo, a circular lentamente, luces como los anillos de un gusano; y el taxi se pierde, y comienza la película.
Quizá a Ricardo Darín lo que le sedujo fue la visión de un rostro bello sonriéndole a la adversidad, un rostro que le planta cara al aguacero, humanizando el caos de un atasco que provoca en toda la ciudad y en el ánimo de sus habitantes un trombo envenenado.
Juan José Romero Martínez
Quizá a Ricardo Darín lo que le sedujo fue la visión de un rostro bello sonriéndole a la adversidad, un rostro que le planta cara al aguacero, humanizando el caos de un atasco que provoca en toda la ciudad y en el ánimo de sus habitantes un trombo envenenado.
Juan José Romero Martínez
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