He estado durante un tiempo parado, sin hacer nada, sin vocación. Más tarde fui ocupando mis jornadas con actividades ni muy complicadas ni muy sencillas. Y un día me di cuenta de que mi vida estaba programada en una rutina que poco a poco dejó de ser interesante. Es por eso que un jueves por la tarde decidí romper con todo, quizá por hastío, quizá para desenvolverme desde otra perspectiva. Así que cogí el tren y me abandoné a la tarde fría de invierno.
Como si hubiera tomado una decisión acertada, las nubes se fueron tras el horizonte y un sol apenas limpio, apenas frío, apareció para quedarse iluminándolo todo.
Había llovido en los días precedentes; la vereda del Henares estaba verde, y el río venía crecido; - el río de Heráclito -, pensé; - todo fluye, nada permanece -.
Y paseando llegué a un remanso, un recodo ancho con forma de meandro donde había varias mantis religiosas rezando en el silencio de los juncos. Un remanso de paz donde se echaba a descansar el agua mareada de la corriente.
Este estado contagioso del cauce me empujó suavemente a sentarme sobre una plataforma de hormigón. Las márgenes del río se juntaban en un horizonte perdido donde imaginé saltos de agua y cascadas de ensueño. Ratas o patos rozaban los arbustos que cegaban a la vista esas mismas márgenes.
De pronto, un pez plateado saltó del agua. Duró apenas un segundo, con sus escamas resbalando por el aire. Y se sumergió. Entonces estuve seguro de que ese era mi lugar, y cerrando los ojos me dejé ir, como si perteneciera a todo aquello, como si mi vida formara parte de aquella maravilla, como si en la naturaleza no existiera más rutina que la de vivir o morir.
Juan José Romero Martínez
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