Gime el transistor en la otra habitación. Todos se han ido a dormir, pero yo aún espero unos minutos, exactamente hasta las doce en punto.
Sucederá entonces que las campanadas del reloj del Ayuntamiento transformarán la habitación desde la que escribo, y terminará por descolgarse del techo la marea de los sueños. Boca abajo exhalaré las bocanadas de fantasía que se instalarán a vivir en mí, pese al ruido del camión de la basura o al tronar de una puerta de madera que siempre se cierra violentamente a eso de la una de la madrugada.
Boca abajo y con la cabeza ladeada hacia la izquierda, - como la de un náufrago -, me despertaré al mundo onírico para vagar por una playa infinita y descubrirte unos pasos más allá.
Haré lo que en todos los sueños: te enjuagaré la frente aún dormida con el rumor de mis besos; entonces despertarás como cada noche, y compartiremos el mismo sueño; nos soñaremos.
Nos soñaremos una y mil veces todas las posibilidades e imposibilidades: borraré con una goma gigantesca cualquier contorno de derrota; y así será sencillo nuestro diálogo mientras paseamos por un campo preñado de amapolas, o mientras volamos juntos al borde de la luna, dejando colgar nuestros pies al vacío y balanceando el cuarto menguante.
Son ya las doce menos un minuto. En otro lugar del mundo una mujer muy hermosa se pone un camisón azul. Mientras va relajándose comprueba su reloj digital. Cuando llegue la hora en punto dejará caer los párpados y soñará que se despierta en una playa infinita junto a mí.
Juan José Romero Martínez
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