sábado, 31 de octubre de 2009

¿Bailan?

La primera vez que bailé recuerdo que el suelo estaba frío; se trataba de un ajedrezado de losas blancas y negras.
En realidad éramos dos los que bailábamos, aunque los piececitos desnudos de mi amiga pisasen los míos descalzos. Al principio nos movíamos en círculos, siguiendo por algún arte mágico la estela de una melodía de Franz Schubert. Éramos una pieza de ajedrez cabalgando en “ele”, “alfileando” en diagonal, “peonando” uno o dos recuadros, “torreando” en línea recta, a gran velocidad, y reinando en todas direcciones.
El sol entraba por unos grandes ventanales abiertos de par en par, y la melodía se mezclaba con la aurora y con el frenético piar de los gorriones.

La segunda vez que sucumbí a los encantos del baile fue sobre la superficie arenosa de una playa de ensueño. El océano era una salsa infinita, y luego un remolino de jazz frenético. Dancé sones tribales y músicas del Caribe en una fiesta casual sin horas ni días.

A partir de ahí, el baile se ha convertido en un modo de comunicación mil veces más preciso que el de las palabras. Mi dolor se escurre por la pernera del pantalón cuando lo agito al son de un buen rock and roll. Mis recuerdos se embellecen cuando sigo con los ojos cerrados el camino que me muestran Benny Carter o Thelonious Monk.

Bailen solos o en compañía, música triste o alegre, incomprensible o repetitiva; bailen al ritmo del cepillo de dientes o del goteo del grifo mal cerrado. Bailen de cualquier forma, descubriendo nuevos bailes, nuevos movimientos; con los hombros también se puede, los brazos como en el flamenco, la cadera entonando un mea culpa, el cuerpo diciéndole al mundo que sus bailes son una muestra de agradecimiento por estar vivos.

…………Ya verán como obtienen respuesta.







Juan José Romero.

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