Puesta de sol a contraluz; siempre que el día hubiera sido claro, como una hermosa gota de miel que se escabulle por la cuerda del horizonte, desigual por el perfil de los tejados, se me volvía a repetir la misma pregunta que jamás alcancé a comprender.
El cielo había sido una tela azulada con un broche soleado, luminoso. Mientras el sol se desmayaba, mis ojos eran dos enormes interrogantes que se abrían para hacer una pregunta, pero nunca pregunté.
Con el pecho oprimido solo quería seguir allí, que se parara el tiempo, quizá para encontrar un punto en el que ahora parecía concentrarse la belleza del mundo, lejanísima, quizá perdida.
El campanil y la cruz de hierro quedaban unos treinta metros por delante. Las campanas mudas parecían el eco doblado de otras horas, la de las bodas y comuniones.
-Estaba viendo anochecer, pero sé que en otro lugar empieza el día-, alcanzaba a pensar. Y sobre el regazo dejé que un libro de Italo Calvino se quedara dormido por la página ochenta y tres. Un párrafo ponía punto y final a la pregunta muda:
Ahora que el joven idiota había terminado su lenta merienda, padre e hijo, sentados a cada lado de la cama, estaban con las pesadas manos venosas y huesudas apoyadas en las rodillas, con las cabezas inclinadas de través –bajo el sombrero calado el padre, y pelado al cero como un recluta el hijo- para poder seguir mirándose con el rabillo del ojo.
Esos dos, pensó Amerigio, tal como son, se necesitan recíprocamente.
Y pensó: sí, este modo de ser es el amor.
Y siguió pensando: lo humano llega donde llega el amor; no tiene otros límites que los que nosotros les ponemos.
Juan José Romero Martínez
domingo, 15 de noviembre de 2009
Arquitecto de sueños
Cide Hamete Benengeli, arquitecto de sueños
En la mítica isla de Latria, extinta hoy en día de los mapas de cartografía, existió en tiempos posteriores a la Alquimia Cide Hamete Benengeli, capaz de cimentar los más bellos sueños, deseos y anhelos de los hombres, y levantarlos sobre la superficie cenagosa de mentes capaces e incapaces, torneando con sus manos de gigante la forma de las palabras, las imágenes, los colores. Todo por un módico precio.
Cuentan los historiadores no oficiales que prendió la mecha del rumor y de la curiosidad en la isla, y pronto todos los latrianos no hicieron más que dormir.
Para pagar el tratamiento previamente tuvieron que empeñar sus carretas, sus casas, la sombra de sus higueras en verano, incluso los paseos vespertinos junto a las playas orientadas al poniente.
Y a cambio recibieron un edificio, un paisaje, el espacio onírico que siempre habían deseado. Y quedáronse acurrucados aquí y allá, embebidos en bellos sueños.
Quizá fuera entonces cuando Cide Hamete Benengeli se construyó el Quijote.
Pero la isla iba a la deriva.
Nuestro arquitecto de sueños, una vez se dio cuenta de tamaño desastre, fue despertando a los cientos de cuerpos inmóviles como estatuas. Golpeó con palabras y vaivenes los cimientos de la fantasía. Y los durmientes iban volviendo a cada una de sus realidades como los rezagados de un maratón cuando llegan a la meta.
Cide Hamete no volvió a construir jamás, horrorizado ante el efecto de su invento. Decidió deshacerse de sus planos y los camufló en una tienda de verduras. Cervantes los encontró, según creo, pero estoy seguro de que fue Cide Hamete, y no Cervantes, el que llevó a cabo el experimento de la arquitectura de los sueños, y se nos quedó en la memoria colectiva como un instinto.
Juan José Romero Martínez
En la mítica isla de Latria, extinta hoy en día de los mapas de cartografía, existió en tiempos posteriores a la Alquimia Cide Hamete Benengeli, capaz de cimentar los más bellos sueños, deseos y anhelos de los hombres, y levantarlos sobre la superficie cenagosa de mentes capaces e incapaces, torneando con sus manos de gigante la forma de las palabras, las imágenes, los colores. Todo por un módico precio.
Cuentan los historiadores no oficiales que prendió la mecha del rumor y de la curiosidad en la isla, y pronto todos los latrianos no hicieron más que dormir.
Para pagar el tratamiento previamente tuvieron que empeñar sus carretas, sus casas, la sombra de sus higueras en verano, incluso los paseos vespertinos junto a las playas orientadas al poniente.
Y a cambio recibieron un edificio, un paisaje, el espacio onírico que siempre habían deseado. Y quedáronse acurrucados aquí y allá, embebidos en bellos sueños.
Quizá fuera entonces cuando Cide Hamete Benengeli se construyó el Quijote.
Pero la isla iba a la deriva.
Nuestro arquitecto de sueños, una vez se dio cuenta de tamaño desastre, fue despertando a los cientos de cuerpos inmóviles como estatuas. Golpeó con palabras y vaivenes los cimientos de la fantasía. Y los durmientes iban volviendo a cada una de sus realidades como los rezagados de un maratón cuando llegan a la meta.
Cide Hamete no volvió a construir jamás, horrorizado ante el efecto de su invento. Decidió deshacerse de sus planos y los camufló en una tienda de verduras. Cervantes los encontró, según creo, pero estoy seguro de que fue Cide Hamete, y no Cervantes, el que llevó a cabo el experimento de la arquitectura de los sueños, y se nos quedó en la memoria colectiva como un instinto.
Juan José Romero Martínez
viernes, 13 de noviembre de 2009
La brisa más ligera del mundo
Habían probado el placer del agua en sus formas más variadas; revuelta como la del mar Cantábrico, densa como la del mar Muerto, transparente como la del Caribe. Pero sin duda lo que buscaban era otra cosa.
Algún indicio les habían proporcionado las copas de los árboles, que de vez en cuando se agitaban ante un ser invisible y ligero, o ante los pájaros, que parecían surcar los cielos llevados del ala por una mano misteriosa, desaparecida.
- Viento -, habían oído llamarlo en el pueblo.
- ¿Y dónde está ese viento? -, preguntaron.
Y los del pueblo se encogían de hombros pero siempre mirando hacia las montañas, por si allá se encontrara la respuesta.
Llegar hasta la base de la cordillera no resultó difícil para ellos dos, acostumbrados como estaban a caminar entre orillas y olas.
Lo difícil fue subirla.
Así que ataron su destino a una cuerda de treinta metros y comenzaron la escalada como las salamandras cuando buscan el sol en las blancas paredes de las casas de pueblo; sus dedos eran a veces ventosas, a veces bisturís que se clavaban en el rostro dormido de la montaña, buscando despertarla.
Y cuanto más subían más ligeros se sentían.
Descansaron en el ceño fruncido de la montaña dormida. Y soñaron que si seguían ascendiendo terminarían como los globos aerostáticos, hinchados de gas. Pero continuaron, sintiéndose cada vez más etéreos, casi transparentes, sus movimientos cada vez más lentos; - la falta de costumbre, seguro -, se decían para animarse.
Al llegar a la cima, los dos jóvenes escaladores supieron que el esfuerzo había merecido la pena. Abrazados sobre el resquicio apenas rocoso, apenas inestable, sobre el poso de una aguja más alta que las nubes, vieron radiantes que no existía frontera alguna entre ellos y el sol. La brisa pesaba tanto como un eco, y tan cerca estaban el uno del otro, dueños de una islita rodeada de azul, que pudieron confundirse los latidos de ambos corazones. Sin duda padecían una suerte de bien de altura, porque la felicidad que emanaban se les iba de los dedos y se les quedaba flotando allá hacia donde miraran.
Juan José Romero Martínez
Algún indicio les habían proporcionado las copas de los árboles, que de vez en cuando se agitaban ante un ser invisible y ligero, o ante los pájaros, que parecían surcar los cielos llevados del ala por una mano misteriosa, desaparecida.
- Viento -, habían oído llamarlo en el pueblo.
- ¿Y dónde está ese viento? -, preguntaron.
Y los del pueblo se encogían de hombros pero siempre mirando hacia las montañas, por si allá se encontrara la respuesta.
Llegar hasta la base de la cordillera no resultó difícil para ellos dos, acostumbrados como estaban a caminar entre orillas y olas.
Lo difícil fue subirla.
Así que ataron su destino a una cuerda de treinta metros y comenzaron la escalada como las salamandras cuando buscan el sol en las blancas paredes de las casas de pueblo; sus dedos eran a veces ventosas, a veces bisturís que se clavaban en el rostro dormido de la montaña, buscando despertarla.
Y cuanto más subían más ligeros se sentían.
Descansaron en el ceño fruncido de la montaña dormida. Y soñaron que si seguían ascendiendo terminarían como los globos aerostáticos, hinchados de gas. Pero continuaron, sintiéndose cada vez más etéreos, casi transparentes, sus movimientos cada vez más lentos; - la falta de costumbre, seguro -, se decían para animarse.
Al llegar a la cima, los dos jóvenes escaladores supieron que el esfuerzo había merecido la pena. Abrazados sobre el resquicio apenas rocoso, apenas inestable, sobre el poso de una aguja más alta que las nubes, vieron radiantes que no existía frontera alguna entre ellos y el sol. La brisa pesaba tanto como un eco, y tan cerca estaban el uno del otro, dueños de una islita rodeada de azul, que pudieron confundirse los latidos de ambos corazones. Sin duda padecían una suerte de bien de altura, porque la felicidad que emanaban se les iba de los dedos y se les quedaba flotando allá hacia donde miraran.
Juan José Romero Martínez
domingo, 8 de noviembre de 2009
Buzones
A veces me entretengo unos minutos en contemplar los buzones de los portales donde viven mis amigos, como si mi genética me empujara a ser cartero. Y parece mentira, pero se pueden saber muchas cosas a partir de los cartelitos que rezan los nombres y apellidos de los inquilinos.
Por ejemplo, los hay que usan word art, y esos seguro que andan conectados a internet o son informáticos, marido y mujer con letra en negrita y un sobrecito en tres dimensiones.
También habitan los nostálgicos, que sobre un pedazo de papel cuadriculado escriben señora y señor de Fernández con un trazo continuo, se diría de caligrafía, apuesto a que son profesores de primaria. Y si son de primaria por fuerza han de tener niños, fruto de un amor primerizo, único.
Los independientes apenas se acuerdan de decorar sus buzones, y tan sólo dejan ver el piso y la letra, como si huyeran de sus apellidos, como si se encontraran tan solos que pensaran que nadie les va a escribir. En realidad no tengo muy claro si se trata de almas independientes o dependientes de la soledad.
Como contrapeso, los vecinos del tercero derecha actúan como una gran familia numerosa, y llenan de nombres y conjugan de apellidos el exiguo espacio que les concede la ranura donde tienen puestas sus esperanzas.
El buzón de la publicidad se encuentra ladeado y con la puerta rota; está repleto de cartas perdidas y de anuncios chillones de ofertas caducadas.
El buzón del portero es ciego. Está taponado porque él mismo se encarga de recoger las cartas previo acuerdo con el cartero, que debido a la falta de tiempo y al volumen de su trabajo pasa de largo por la mayoría de los edificios, galopando en su vespa amarillenta como un cow-boy de sacas repletas.
Y finalmente llegamos al buzón de mi amigo, un buzón nuevo, recién comprado, un buzón que refleja la aventura de una vida en común que comienza y avanza con la esperanza de llenar de felicidad los portales y los descansillos, de llenar de bolsas de compra y de buenos días el hueco que ocupa el ascensor.
Juan José Romero Martínez
Por ejemplo, los hay que usan word art, y esos seguro que andan conectados a internet o son informáticos, marido y mujer con letra en negrita y un sobrecito en tres dimensiones.
También habitan los nostálgicos, que sobre un pedazo de papel cuadriculado escriben señora y señor de Fernández con un trazo continuo, se diría de caligrafía, apuesto a que son profesores de primaria. Y si son de primaria por fuerza han de tener niños, fruto de un amor primerizo, único.
Los independientes apenas se acuerdan de decorar sus buzones, y tan sólo dejan ver el piso y la letra, como si huyeran de sus apellidos, como si se encontraran tan solos que pensaran que nadie les va a escribir. En realidad no tengo muy claro si se trata de almas independientes o dependientes de la soledad.
Como contrapeso, los vecinos del tercero derecha actúan como una gran familia numerosa, y llenan de nombres y conjugan de apellidos el exiguo espacio que les concede la ranura donde tienen puestas sus esperanzas.
El buzón de la publicidad se encuentra ladeado y con la puerta rota; está repleto de cartas perdidas y de anuncios chillones de ofertas caducadas.
El buzón del portero es ciego. Está taponado porque él mismo se encarga de recoger las cartas previo acuerdo con el cartero, que debido a la falta de tiempo y al volumen de su trabajo pasa de largo por la mayoría de los edificios, galopando en su vespa amarillenta como un cow-boy de sacas repletas.
Y finalmente llegamos al buzón de mi amigo, un buzón nuevo, recién comprado, un buzón que refleja la aventura de una vida en común que comienza y avanza con la esperanza de llenar de felicidad los portales y los descansillos, de llenar de bolsas de compra y de buenos días el hueco que ocupa el ascensor.
Juan José Romero Martínez
lunes, 2 de noviembre de 2009
Sueño de luna
Un día la luna pasó de creciente a crecida.
Al llegar al remanso de paz que provocaba su plenitud,
se negó a menguar;
y repleta de los deseos lanzados a la cuerda de los mares
por los enamorados,
continuó creciendo,
deformando las mareas y los ciclos ultradianos.
Con unos codos invisibles desplazó al sol,
se salió de su órbita y voló hacia los acantilados.
Atravesó la atmósfera como un meteorito,
creciendo y creciendo hasta ocupar la totalidad de las azoteas
con sus blancas sábanas tendidas.
Parecía un glaciar galopando a la deriva,
un iceberg girando en remolino,
o una gran almohada
con los recuerdos del rostro que durmió apoyado.
Juan José Romero Martínez.
Al llegar al remanso de paz que provocaba su plenitud,
se negó a menguar;
y repleta de los deseos lanzados a la cuerda de los mares
por los enamorados,
continuó creciendo,
deformando las mareas y los ciclos ultradianos.
Con unos codos invisibles desplazó al sol,
se salió de su órbita y voló hacia los acantilados.
Atravesó la atmósfera como un meteorito,
creciendo y creciendo hasta ocupar la totalidad de las azoteas
con sus blancas sábanas tendidas.
Parecía un glaciar galopando a la deriva,
un iceberg girando en remolino,
o una gran almohada
con los recuerdos del rostro que durmió apoyado.
Juan José Romero Martínez.
Jardín de infancia.
He estado frecuentando un parque infantil repleto de columpios y colores. Un parque que no tendría nada de particular si no fuera porque está situado en un colegio para niños autistas. Los niños no jugaban entre sí, preferían permanecer abandonados a su suerte.
Uno se subía a lo alto de un tobogán, pero no terminaba de deslizarse por la rampa descendente. Se quedaba en lo alto, oscilante, como un marinero solitario encaramado a la cestilla del palo mayor, oteando el horizonte.
Otro botaba un balón bajo una canasta sin mirarla siquiera, botando por botar, con la mirada agachada, siguiendo la trayectoria de la pelota sin comprender, sin disfrutar, mecánicamente abstraído.
Otro regaba las mismas plantas una y otra vez, sin que pareciera tener en cuenta las cantidades de agua o de tiempo vertidos sobre las mismas flores.
Un cuarto se balanceaba en un columpio, pero parecía que no estuviera allí, como si soñara que era otro niño el que se balanceaba.
Sin embargo, había uno que de vez en cuando me miraba mientras yo escribía, y aunque no hacía nada era el único con el que llegué a sentir que me podría comunicar. Estaba situado en el interior de una portería de fútbol sala, dentro del recuadro que forman dos postes y un largero pintados de rojo y blanco, rodeado de redes.
Al choque de nuestras miradas buscamos nuestras manos a través de las redes, yo desde un lado y él desde el otro. Acompañado de una sonrisa eterna tocó mis dedos, las palmas de mis manos; y nos sentimos mutuamente reconfortados al calor del roce. Ahora mi sonrisa y su sonrisa se ensamblaban en un sentimiento más allá de lo que pudiera comunicar cualquier lenguaje sobre la tierra.
…Luego, cada uno regresamos a nuestro mundo.
Juan José Romero Martínez.
Uno se subía a lo alto de un tobogán, pero no terminaba de deslizarse por la rampa descendente. Se quedaba en lo alto, oscilante, como un marinero solitario encaramado a la cestilla del palo mayor, oteando el horizonte.
Otro botaba un balón bajo una canasta sin mirarla siquiera, botando por botar, con la mirada agachada, siguiendo la trayectoria de la pelota sin comprender, sin disfrutar, mecánicamente abstraído.
Otro regaba las mismas plantas una y otra vez, sin que pareciera tener en cuenta las cantidades de agua o de tiempo vertidos sobre las mismas flores.
Un cuarto se balanceaba en un columpio, pero parecía que no estuviera allí, como si soñara que era otro niño el que se balanceaba.
Sin embargo, había uno que de vez en cuando me miraba mientras yo escribía, y aunque no hacía nada era el único con el que llegué a sentir que me podría comunicar. Estaba situado en el interior de una portería de fútbol sala, dentro del recuadro que forman dos postes y un largero pintados de rojo y blanco, rodeado de redes.
Al choque de nuestras miradas buscamos nuestras manos a través de las redes, yo desde un lado y él desde el otro. Acompañado de una sonrisa eterna tocó mis dedos, las palmas de mis manos; y nos sentimos mutuamente reconfortados al calor del roce. Ahora mi sonrisa y su sonrisa se ensamblaban en un sentimiento más allá de lo que pudiera comunicar cualquier lenguaje sobre la tierra.
…Luego, cada uno regresamos a nuestro mundo.
Juan José Romero Martínez.
domingo, 1 de noviembre de 2009
Nieve
Esta semana hago referencia a mi falta de inspiración como consecuencia de la cantidad de nieve caída y del aislamiento que sufre el pueblo de mi espíritu.
Se trata de un pueblo situado en un valle adonde no llegan los quitanieves, y las laderas de la montaña se encuentran cubiertas por un manto calcáreo que absorbe abetos y pinos, absorbe las huellas de los lobos, osos, algún caribú, absorbe mis palabras y mi inspiración; absorbe el eco de mis llamadas, pues llamo a mi musa una y otra vez, y todo lo recoge la falda del monte y lo guarda por si insisto demasiado y entonces me derriba al suelo con un alud.
En este desierto de hielo en el que me encuentro, solamente los granos del frío y del horizonte infinito me dan la mano y me prometen que mañana seguro será mi día. Mañana derretirán la nieve los brazos inmóviles y limpios del sol, y rodarán alineados como ríos todos los obstáculos que impiden a mi inspiración salir a buscar un poema, una chispa, un valor.
Mañana el folio nevado dejará de ser el pueblo enterrado de mi espíritu y se descompondrá en un haz de colores como hace la luz blanca cuando atraviesa el prisma. Se trata de mi arco-iris.
Juan José Romero Martínez.
Se trata de un pueblo situado en un valle adonde no llegan los quitanieves, y las laderas de la montaña se encuentran cubiertas por un manto calcáreo que absorbe abetos y pinos, absorbe las huellas de los lobos, osos, algún caribú, absorbe mis palabras y mi inspiración; absorbe el eco de mis llamadas, pues llamo a mi musa una y otra vez, y todo lo recoge la falda del monte y lo guarda por si insisto demasiado y entonces me derriba al suelo con un alud.
En este desierto de hielo en el que me encuentro, solamente los granos del frío y del horizonte infinito me dan la mano y me prometen que mañana seguro será mi día. Mañana derretirán la nieve los brazos inmóviles y limpios del sol, y rodarán alineados como ríos todos los obstáculos que impiden a mi inspiración salir a buscar un poema, una chispa, un valor.
Mañana el folio nevado dejará de ser el pueblo enterrado de mi espíritu y se descompondrá en un haz de colores como hace la luz blanca cuando atraviesa el prisma. Se trata de mi arco-iris.
Juan José Romero Martínez.
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