viernes, 13 de noviembre de 2009

La brisa más ligera del mundo

Habían probado el placer del agua en sus formas más variadas; revuelta como la del mar Cantábrico, densa como la del mar Muerto, transparente como la del Caribe. Pero sin duda lo que buscaban era otra cosa.

Algún indicio les habían proporcionado las copas de los árboles, que de vez en cuando se agitaban ante un ser invisible y ligero, o ante los pájaros, que parecían surcar los cielos llevados del ala por una mano misteriosa, desaparecida.

- Viento -, habían oído llamarlo en el pueblo.
- ¿Y dónde está ese viento? -, preguntaron.
Y los del pueblo se encogían de hombros pero siempre mirando hacia las montañas, por si allá se encontrara la respuesta.

Llegar hasta la base de la cordillera no resultó difícil para ellos dos, acostumbrados como estaban a caminar entre orillas y olas.

Lo difícil fue subirla.

Así que ataron su destino a una cuerda de treinta metros y comenzaron la escalada como las salamandras cuando buscan el sol en las blancas paredes de las casas de pueblo; sus dedos eran a veces ventosas, a veces bisturís que se clavaban en el rostro dormido de la montaña, buscando despertarla.

Y cuanto más subían más ligeros se sentían.

Descansaron en el ceño fruncido de la montaña dormida. Y soñaron que si seguían ascendiendo terminarían como los globos aerostáticos, hinchados de gas. Pero continuaron, sintiéndose cada vez más etéreos, casi transparentes, sus movimientos cada vez más lentos; - la falta de costumbre, seguro -, se decían para animarse.

Al llegar a la cima, los dos jóvenes escaladores supieron que el esfuerzo había merecido la pena. Abrazados sobre el resquicio apenas rocoso, apenas inestable, sobre el poso de una aguja más alta que las nubes, vieron radiantes que no existía frontera alguna entre ellos y el sol. La brisa pesaba tanto como un eco, y tan cerca estaban el uno del otro, dueños de una islita rodeada de azul, que pudieron confundirse los latidos de ambos corazones. Sin duda padecían una suerte de bien de altura, porque la felicidad que emanaban se les iba de los dedos y se les quedaba flotando allá hacia donde miraran.





Juan José Romero Martínez

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