domingo, 15 de noviembre de 2009

Una pregunta muda

Puesta de sol a contraluz; siempre que el día hubiera sido claro, como una hermosa gota de miel que se escabulle por la cuerda del horizonte, desigual por el perfil de los tejados, se me volvía a repetir la misma pregunta que jamás alcancé a comprender.

El cielo había sido una tela azulada con un broche soleado, luminoso. Mientras el sol se desmayaba, mis ojos eran dos enormes interrogantes que se abrían para hacer una pregunta, pero nunca pregunté.

Con el pecho oprimido solo quería seguir allí, que se parara el tiempo, quizá para encontrar un punto en el que ahora parecía concentrarse la belleza del mundo, lejanísima, quizá perdida.

El campanil y la cruz de hierro quedaban unos treinta metros por delante. Las campanas mudas parecían el eco doblado de otras horas, la de las bodas y comuniones.

-Estaba viendo anochecer, pero sé que en otro lugar empieza el día-, alcanzaba a pensar. Y sobre el regazo dejé que un libro de Italo Calvino se quedara dormido por la página ochenta y tres. Un párrafo ponía punto y final a la pregunta muda:

Ahora que el joven idiota había terminado su lenta merienda, padre e hijo, sentados a cada lado de la cama, estaban con las pesadas manos venosas y huesudas apoyadas en las rodillas, con las cabezas inclinadas de través –bajo el sombrero calado el padre, y pelado al cero como un recluta el hijo- para poder seguir mirándose con el rabillo del ojo.
Esos dos, pensó Amerigio, tal como son, se necesitan recíprocamente.
Y pensó: sí, este modo de ser es el amor.
Y siguió pensando: lo humano llega donde llega el amor; no tiene otros límites que los que nosotros les ponemos.



Juan José Romero Martínez

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