He estado frecuentando un parque infantil repleto de columpios y colores. Un parque que no tendría nada de particular si no fuera porque está situado en un colegio para niños autistas. Los niños no jugaban entre sí, preferían permanecer abandonados a su suerte.
Uno se subía a lo alto de un tobogán, pero no terminaba de deslizarse por la rampa descendente. Se quedaba en lo alto, oscilante, como un marinero solitario encaramado a la cestilla del palo mayor, oteando el horizonte.
Otro botaba un balón bajo una canasta sin mirarla siquiera, botando por botar, con la mirada agachada, siguiendo la trayectoria de la pelota sin comprender, sin disfrutar, mecánicamente abstraído.
Otro regaba las mismas plantas una y otra vez, sin que pareciera tener en cuenta las cantidades de agua o de tiempo vertidos sobre las mismas flores.
Un cuarto se balanceaba en un columpio, pero parecía que no estuviera allí, como si soñara que era otro niño el que se balanceaba.
Sin embargo, había uno que de vez en cuando me miraba mientras yo escribía, y aunque no hacía nada era el único con el que llegué a sentir que me podría comunicar. Estaba situado en el interior de una portería de fútbol sala, dentro del recuadro que forman dos postes y un largero pintados de rojo y blanco, rodeado de redes.
Al choque de nuestras miradas buscamos nuestras manos a través de las redes, yo desde un lado y él desde el otro. Acompañado de una sonrisa eterna tocó mis dedos, las palmas de mis manos; y nos sentimos mutuamente reconfortados al calor del roce. Ahora mi sonrisa y su sonrisa se ensamblaban en un sentimiento más allá de lo que pudiera comunicar cualquier lenguaje sobre la tierra.
…Luego, cada uno regresamos a nuestro mundo.
Juan José Romero Martínez.
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