Me gusta la lluvia porque limpia la atmósfera. En esta ocasión llueve en Buenos Aires y hay un atasco tremendo. Ricardo Darín aprovecha el parón para vaciar el cenicero repleto de colillas. Al bajar la ventanilla del automóvil repara en una joven que viaja en el asiento trasero de un taxi amarillo y que sonríe al cielo con los ojos cerrados. A ella le gusta que la lluvia baile en su cara y a él le gusta observarla. Intercambian una mirada entre tímida y franca que se va aflojando a medida que el tráfico comienza de nuevo a fluir como desde un gran bostezo, a circular lentamente, luces como los anillos de un gusano; y el taxi se pierde, y comienza la película.
Quizá a Ricardo Darín lo que le sedujo fue la visión de un rostro bello sonriéndole a la adversidad, un rostro que le planta cara al aguacero, humanizando el caos de un atasco que provoca en toda la ciudad y en el ánimo de sus habitantes un trombo envenenado.
Juan José Romero Martínez
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