El maestro de una escuela explica a sus alumnos:
“La autopista costera se construyó en el año dos mil dos de nuestra era pese a que ningún ingeniero trazó su ruta. En realidad fue consecuencia del trabajo de miles de voluntarios que se afanaron por limpiar a conciencia el vertido de fuel que escapó de los tanques del carguero Prestige durante su naufragio.
Las playas de Galicia quedaron anegadas; los pescadores, los niños y los poetas lloraron amargamente la pérdida irreparable del paisaje; asistieron mudos al entierro de los peces, las gaviotas y los cormoranes.
El gobierno de aquel entonces en un primer momento minimizó la catástrofe, y luego tuvo que dar marcha atrás para acabar reconociendo la magnitud de la hecatombe.
Sin embargo, cientos de ciudadanos anónimos y solidarios juntamos nuestros esfuerzos en una causa común: limpiarlo todo, barrer la mancha continua y llena de tentáculos, como si un Calígula imaginario nos mandara recoger fuel en vez de conchas de mar…
Preparados como astronautas llenamos las costas de una cadena humana que al rebañar las rocas de los acantilados horadaban zonas hasta entonces intransitables. Pese a la lluvia, las corrientes del océano y el frío del otoño logramos reducir el grueso de la capa negruzca sin impedir que el resultado final se asemejara al de una enorme autopista construida sobre los cuerpos de decenas de especies enterradas en alquitrán. Recuerdo esa navidad en gris y negro. El agua de mar, que de noche parece tinta mantenía el mismo color durante el día. Las tristes redes de Neruda se convirtieron en fantasmagóricas, coloreadas por brazos y algas embadurnados de betún. El mar estaba envenenado.
Las nubes que absorbían la humedad de la superficie viscosa se tiñeron de una oscuridad absoluta. Aquí y allá había puntos de asfalto colgados del cielo como agujeros de tiempo.
Todo aquel revuelo que se formó en torno al hundimiento del Prestige tuvo una consecuencia importante en las conciencias de los miles de voluntarios que arrimamos el hombro en aquellas playas descosidas: el convencimiento de que por fin hacíamos algo por amor”.
Juan José Romero Martínez
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